El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿Qué me importa? ¿Qué me importa? Pero ¿aún es capaz de hablarme en ese tono? ¡Lo que me importa es que de aquí voy inmediatamente junto al señor vicario general a dar parte de todo!
El padre Amaro, lívido, avanzó hacia él con el puño cerrado.
—¡Ah, sinvergüenza!
—¿Cómo? ¿Cómo? —exclamó el canónigo con el quitasol levantado—. ¿Quiere usted ponerme la mano encima?
El padre Amaro se contuvo; se pasó la mano por la frente sudada, con los ojos cerrados; y al cabo de un momento, hablando con una serenidad forzada:
—Escuche, señor canónigo Dias. Mire que yo lo vi un día en la cama con la Sanjoaneira…
—¡Miente! —mugió el canónigo.
—¡Lo vi, lo vi, lo vi! —afirmó el otro enfurecido—. Una noche al entrar en casa… Estaba usted en camisa, ella se había levantado y estaba abrochándose el corsé. Hasta usted preguntó: «¿Quién está ahí?». Lo vi, como lo estoy viendo ahora. Si dice usted una palabra, yo probaré que vive desde hace diez años amigado con la Sanjoaneira, ¡a la vista de todo el clero! ¡Es lo que hay!
El canónigo, ya extenuado por los excesos de su cólera, quedó ante aquellas palabras como un buey aturdido. Sólo pudo decir, poco después, muy triste: