El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Qué granuja me ha salido usted!
—¿Granuja, por qué? ¡Dígamelo! ¿Granuja, por qué? Los dos tenemos cosas que ocultar, ésa es la cuestión. Y fíjese que yo no he ido a preguntarle ni a sobornar a la… Fue con mucha naturalidad, entrando en casa. Y no me venga ahora con cosas de moral, que me da la risa. La moral es para la escuela y para el sermón. Aquí en la vida, yo hago esto, usted hace aquello, los demás hacen lo que pueden. El profesor, que ya es mayor, se agarra a la vieja; yo, que soy joven, me arreglo con la pequeña. Es triste, pero ¿qué quiere? Es la naturaleza quien manda. Somos hombres. Y como sacerdotes, por la dignidad de nuestra clase, ¡lo que tenemos que hacer es mirar hacia otro lado!
El canónigo lo escuchaba meneando la cabeza, en una aceptación muda de aquellas verdades. Se había dejado caer en una silla, descansando de tanta cólera inútil; y levantando los ojos hacia Amaro:
—Pero usted, hombre, ¡al comienzo de su carrera!
—Y usted, profesor, ¡al final de su carrera!
Entonces ambos rieron. Inmediatamente cada uno declaró que retiraba las palabras ofensivas que había dicho; y se estrecharon gravemente la mano. Después hablaron.