El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Al canónigo lo que lo había enfurecido era que fuese con la pequeña de la casa. Si fuese con otra… ¡hasta le parecía bien! ¡Pero la Améliazinha!… Si la pobre madre llegase a saberlo, se moría del disgusto.
—¡Pero la madre no tiene por qué saberlo! —exclamó Amaro—. ¡Esto queda entre nosotros, profesor! ¡Esto es un secreto a muerte! Ni la madre se entera de nada, ni tampoco le cuento yo a la pequeña lo sucedido hoy entre nosotros. Las cosas quedan como estaban y el mundo sigue girando… Pero usted, profesor, ¡tenga cuidado!… ¡Ni una palabra a la Sanjoaneira!… ¡Que no haya ahora una traición!
El canónigo, con la mano sobre el pecho, dio gravemente su palabra de honor de caballero y de sacerdote de que aquel secreto quedaba para siempre sepultado en su corazón.
Entonces se estrecharon otra vez, afectuosamente, la mano. Pero en la torre dieron las tres. Era la hora de comer del canónigo.
Y al salir, dando unas palmaditas en la espalda de Amaro, poniendo en la mirada un brillo de entendido:
—¡Ay, bellaco, tiene buen ojo!
—¿Qué quiere usted? Qué diablo… Se empieza de broma…
—¡Hombre! —dijo el canónigo sentenciosamente—. ¡Es lo mejor que nos llevamos de este mundo!