El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Es verdad, profesor, es verdad! Es lo mejor que nos llevamos de este mundo.
Desde aquel día Amaro disfrutó de una completa serenidad de ánimo. Hasta aquel momento le molestaba a veces pensar que había correspondido con ingratitud a la confianza, las atenciones que le habían prodigado en la Rua da Misericórdia. Pero la tácita aprobación del canónigo le había sacado, como él decía, aquella espina de la conciencia. Porque, en suma, el jefe de familia, el caballero responsable, la cabeza… era el canónigo. La Sanjoaneira era apenas una concubina… Y ahora, algunas veces, en tono de broma, Amaro incluso trataba a Dias de «mi querido suegro».
Otra circunstancia había contribuido a alegrarlo, la Totó había enfermado de repente: el día que siguió a la visita del canónigo, lo había pasado vomitando sangre; el doctor Cardoso, rápidamente avisado, había hablado de tisis galopante, cuestión de semanas, caso concluido…
—Amigo mío —había dicho—, ésta es de esas que zas… zas… —Era su manera de pintar la muerte, que cuando tiene prisa acaba su trabajo con un golpe de hoz aquí y otro allí.