El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Las mañanas en casa del tío Esguelhas eran ahora tranquilas. Amélia y el párroco ya no entraban de puntillas, tratando de ir a hurtadillas hacia el placer, sin que la Totó se diese cuenta. Cerraban las puertas de golpe, hablaban en voz alta, seguros de que la Totó estaba abatida por la fiebre, bajo las sábanas humedecidas por los sudores incesantes. Pero Amélia, por escrúpulo, no dejaba de rezar todas las noches una salve por la mejoría de la Totó. Incluso algunas veces al desnudarse, en la habitación del campanero, se paraba de repente y poniendo una carita triste:

—¡Ay, hijo! Hasta me parece pecado, nosotros aquí gozando y la pobre chiquilla ahí abajo, luchando con la muerte…

Amaro se encogía de hombros. ¿Qué le iban a hacer ellos, si era la voluntad de Dios?…

Y Amélia, resignándose en todo a la voluntad de Dios, iba dejando caer sus faldas.

Le daban ahora con frecuencia aquellas afectaciones que tanto impacientaban al padre Amaro. Algunos días aparecía muy triste; siempre traía para contar algún sueño lúgubre que la había torturado toda la noche y en el que pretendía descubrir avisos de desgracias…

A veces le preguntaba:

—Si me muriese, ¿te pondrías muy triste?


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