El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Amaro se enfurecía. ¡Verdaderamente era una estupidez! Tenían apenas una hora para verse e ¿iban a estropearla con lloriqueos?

—Es que no te lo imaginas —decía ella—, traigo el corazón negro como la noche.

En efecto, las amigas de su madre la notaban rara. A veces pasaba veladas enteras sin abrir los labios, absorta en la costura, clavando desganadamente la aguja; o, si no, muy cansada también para trabajar, se quedaba junto a la mesa haciendo girar lentamente el abat-jour verde de la lámpara, con la mirada vacía y el alma muy lejos.

—Pero niña, ¡deja ese abat-jour en paz! —le decían nerviosas las señoras.

Ella sonreía, suspiraba fatigada y retomaba muy despacio la falda blanca que repulgaba desde hacía semanas. La madre, viéndola siempre tan pálida, había pensado en llamar al doctor Gouveia.

—No es nada, madre mía, es nervioso, ya pasara…

Lo que demostraba a todos que era nervioso eran los sustos que le sobrevenían, hasta el punto de dar un grito, casi desmayarse, si una puerta se cerraba de repente. Incluso ciertas noches exigía que su madre fuese a dormir a su lado, por el miedo a pesadillas y visiones.


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