El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Es lo que dice siempre el doctor Gouveia —le comentaba la madre al canónigo—, lo que le hace falta a la chica es casarse.

El canónigo carraspeaba con fuerza.

—No le hace falta nada —rezongaba—. Tiene todo lo que necesita. Tiene de sobra, por lo que parece…

En efecto, ésa era la idea del canónigo, que la muchacha —como se decía él a sí mismo— «se estaba muriendo de felicidad». Los días que sabía que había ido a ver a la Totó no se cansaba de estudiarla, espiándola desde el fondo de su sillón con la mirada cargada y lúbrica. Le prodigaba ahora familiaridades paternales. Nunca se encontraban en la escalera sin que la parase, con cosquillitas aquí y allí, cachetitos en la cara muy demorados. En casa, por las mañanas, la llamaba muchas veces; y mientras Amélia hablaba con doña Josefa, el canónigo no cesaba de rondar a su alrededor, arrastrando las zapatillas con un aire de viejo gallo. Y Amélia y su madre mantenían conversaciones sin fin sobre esta amistad del señor canónigo, que a buen seguro iba a dejarle una buena dote.

—¡Ah, bribón, qué buen ojo! —decía siempre el canónigo cuando estaba solo con Amaro, abriendo mucho sus ojos redondos—. ¡Ése es un plato de rey!

Amaro se hinchaba.

—No es mal plato, profesor, no es mal plato.


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