El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Éste era uno de los grandes placeres de Amaro: escuchar a los colegas elogiar la belleza de Amélia, a quien llamaban entre el clero «la flor de las devotas». Todos le envidiaban aquella confesada. Por eso le insistía mucho en que se pusiese elegante los domingos para la misa; se había enfadado mucho últimamente al verla casi siempre metida en un vestido de merino oscuro que le daba aspecto de vieja penitente.