El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Pero Amélia ya no tenía ahora aquella necesidad amorosa de contentar en todo al señor párroco. Había despertado casi por completo de aquel adormecimiento estúpido del alma y del cuerpo en que la había sumido el primer abrazo de Amaro. Se le iba apareciendo claramente la conciencia punzante de su culpa. En aquellas tinieblas de un espíritu beato y esclavo se producía un amanecer de la razón. ¿Qué era ella, al fin y al cabo? La concubina del señor párroco. Y esta idea, descarnadamente expuesta, le parecía terrible. No es que lamentase su virginidad, su honra, su buen nombre perdido. Sacrificaría aún más por él, por los delirios que él le proporcionaba. Pero había una cosa que le daba más miedo que las reprobaciones del mundo: eran las venganzas de Nuestro Señor. Era por la posible pérdida del paraíso por lo que gemía en voz baja; o, con más miedo todavía, por algún castigo de Dios, no por las puniciones trascendentes que encogen el alma más allá de la tumba, sino por los tormentos que vienen en vida, que la herirían en su salud, en su bienestar y en su cuerpo. Eran miedos vagos a enfermedades, a lepras, a parálisis, o a pobrezas, a días de hambre, a todas esas penalidades en que ella suponía pródigo al Dios de su catecismo. Así como, cuando era pequeña, los días que olvidaba pagar a la Virgen su tributo regular de salves temía que ella la hiciese caerse por la escalera o recibir unos azotes de la maestra, se estremecía ahora de miedo ante la idea de que Dios, en castigo por acostarse con un cura, le enviase un mal que la desfigurase o la redujese a pedir limosna por las callejuelas. Estas ideas no la abandonaban desde el día en que, en la sacristía, había pecado de concupiscencia dentro del manto de Nuestra Señora. Estaba segura de que la santa Virgen la odiaba y de que no cesaba de reclamar contra ella; inútilmente procuraba ablandarla con un flujo incesante de oraciones humilladas; percibía claramente a la Virgen, inaccesible y desdeñosa, vuelta de espaldas. Nunca más aquel divino rostro había vuelto a sonreírle; nunca más aquellas manos se habían abierto para recibir con agrado sus oraciones como ramos de reconciliación. Era un silencio seco, una hostilidad helada de divinidad ofendida. Ella sabía el crédito que Nuestra Señora tiene en las asambleas celestiales; desde pequeña se lo habían enseñado; todo lo que ella desea lo obtiene, como una recompensa por sus llantos en el calvario; su Hijo le sonríe a su derecha, el Dios Padre le habla a la izquierda… Y comprendía bien que para ella no había esperanza… y que alguna cosa terrible se preparaba allá arriba, en el paraíso, que le caería un día sobre el cuerpo y sobre el alma, aniquilándola con el estrépito de una catástrofe. ¿Qué sería?


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