El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro RomperÃa sus relaciones con Amaro, si se atreviese; pero temÃa su cólera casi tanto como la de Dios. ¿Qué serÃa de ella si tuviese en contra a la Virgen y al señor párroco? Además, lo amaba. En sus brazos, todo el terror del cielo, la misma idea del cielo, desaparecÃa; refugiada allÃ, en su pecho, no temÃa las iras divinas; el deseo, la furia de la carne, como un vino de mucha graduación, le proporcionaban un coraje arrebatado; se enroscaba furiosamente a su cuerpo con un brutal desafÃo al cielo. Los terrores venÃan después, sola en su habitación. Era esa lucha la que la hacÃa palidecer, la que le ponÃa arrugas de envejecimiento en las comisuras de los labios secos y quemados, la que le producÃa aquel aire triste de fatiga que irritaba al padre Amaro.
—Pero ¿qué tienes, que parece que te hayan exprimido el jugo? —le preguntaba él cuando tras los primeros besos la notaba frÃa, inerte…
—He pasado mala noche… Es de los nervios.
—¡Malditos nervios! —murmuraba el padre Amaro, impaciente.
VenÃan después preguntas aisladas que lo desesperaban, ahora repetidas todos los dÃas. ¿HabÃa dicho la misa con fervor? ¿HabÃa leÃdo el breviario? ¿HabÃa hecho la oración mental?