El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¿Sabes qué más? —decía él exasperado—. ¡Narices! ¡Ya está! ¿Te crees que soy todavía un seminarista y que tú eres el padre examinador, que verifica si he cumplido la Regla? ¡Pero qué tontería!

—Es que es necesario estar a bien con Dios —murmuraba ella.

En efecto, ahora su preocupación era que Amaro «fuese un buen cura». Contaba, para salvarse y para librarse de la cólera de la Virgen, con la influencia del párroco en la corte de Dios; y temía que la perdiese por negligencia en la devoción y que, disminuido su fervor, disminuyesen también sus méritos a los ojos del Señor. Quería conservarlo santo y predilecto del cielo, para recoger los provechos de su protección mística.

Amaro se refería a estas cosas como «manías de monja vieja». Las detestaba porque le parecían frívolas y porque ocupaban un tiempo precioso en aquellas mañanas en casa del campanero…

—No hemos venido aquí a lloriquear —decía él, muy acremente—. Cierra la puerta, si quieres.

Ella obedecía. Y entonces, con los primeros besos en la penumbra de la ventana cerrada, él reconocía por fin a su Amélia, la Amélia de los primeros días, el delicioso cuerpo que se estremecía entre sus brazos, entre espasmos de pasión.


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