El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Y cada día la deseaba más, con un deseo continuo y tiránico que aquellas pocas horas no satisfacían. ¡Ah! Ciertamente, ¡como mujer no había otra igual!… Apostaba que no había otra igual, ¡incluso en Lisboa, incluso entre las hidalgas!

Tenía escrúpulos, sí, pero no era para tomarlos en serio, ¡y tenía que disfrutar mientras fuese joven!

Y disfrutaba. Su vida tenía por todas partes comodidades y dulzuras, como una de esas salas donde todo está acolchado, sin muebles duros ni ángulos, y el cuerpo, donde quiera que se pose, encuentra la mullida elasticidad de una almohada.

Sin duda, lo mejor eran sus mañanas en casa del tío Esguelhas. Pero tenía otros placeres. Comía bien; fumaba caro, con una boquilla de espuma de mar, toda su ropa interior era nueva y de lino; había comprado algún mobiliario; y no tenía, como antes, problemas de dinero, porque doña Maria da Assunção, su mejor confesada, estaba allí con la bolsa preparada. Recientemente le había caído una bicoca: una noche en casa de la Sanjoaneira, la excelente señora, a propósito de una familia de ingleses a la que había visto pasar en un char á bancs para visitar Batalha, había expresado la opinión de que los ingleses eran herejes.

—Están bautizados como nosotros —había observado doña Joaquina Gansoso.


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