El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pues sÃ, hija, pero es un bautismo de risa. No es nuestro buen bautismo, no les vale.
Entonces el canónigo, que se divertÃa atormentándola, declaró sentenciosamente que doña Maria habÃa dicho una blasfemia. El santo Concilio de Trento, en su canon IV, sesión VII, habÃa determinado «que aquel que dijere que el bautismo dado a los herejes, en nombre del Padre, del Hijo y del EspÃritu Santo, no es el verdadero bautismo, ¡sea excomulgado!». Y doña Maria, según el santo Concilio, ¡estaba desde aquel momento excomulgada!
A la buena señora le dio un soponcio. Al dÃa siguiente fue a arrojarse a los pies de Amaro, quien en penitencia por su injuria, hecha contra el canon IV, sesión VII, del santo Concilio de Trento, le ordenó sufragar trescientas misas por las almas del purgatorio… que doña Maria le estaba pagando a cinco tostones cada una.
De este modo, podÃa él entrar a veces en casa del tÃo Esguelhas con un aire de satisfacción misteriosa y un paquetito en la mano. Era algún regalo para Amélia, un pañuelo de seda, una corbatita de colores, un par de guantes. Ella se extasiaba con aquellas pruebas de afecto del señor párroco; y entonces en el cuarto oscuro habÃa un delirio de amor, mientras, abajo, la tisis, encima de la Totó, iba haciendo «zas…, zas…».