El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿El señor canónigo? Quiero hablar con él. ¡Deprisa!
La criada de los Dias indicó al padre Amaro el despacho y corrió arriba a contarle a doña Josefa que el señor párroco había venido a buscar al señor canónigo, ¡y con una cara tan trastornada que seguro que había ocurrido alguna desgracia!
Amaro abrió abruptamente la puerta del despacho, la cerró de golpe y, sin siquiera dar los buenos días al colega, exclamó:
—¡La chica está preñada!
El canónigo, que estaba escribiendo, cayó como una masa fulminada contra el respaldo de la silla.
—¿Qué me dice?
—¡Preñada!
Y, en el silencio que siguió, el suelo gemía bajo los paseos furiosos del párroco desde la ventana hasta la estantería.
—¿Está usted seguro de eso? —preguntó finalmente el canónigo, con pavor.
—¡Segurísimo! Ella ya hace días que andaba desconfiada. No hacía más que llorar… Pero ahora es seguro… Las mujeres lo saben, no se equivocan. Hay todas las pruebas… ¿Qué voy a hacer, profesor?
—¡Fíjate tú qué contratiempo! —ponderó el canónigo, aturdido.
