El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Imagínese usted el escándalo! La madre, la vecindad… ¿Y si sospechan de mí?… Estoy perdido… Yo no quiero saber nada, ¡me escapo!
El canónigo se acariciaba la cerviz con expresión estúpida, con el labio caído como una trompa. Ya se imaginaba los gritos en casa, la noche del parto, la Sanjoaneira eternamente en llanto; le espantaba la idea de toda su tranquilidad ida para siempre…
—¡Pero diga algo! —le gritó Amaro, desesperado—. ¿Qué opina usted? Mire si tiene alguna idea… ¡Yo no sé, yo estoy idiota, estoy de todo!
—Ahí están las consecuencias, mi querido colega.
—¡Váyase al infierno, hombre! No se trata de moral… Está claro que fue una torpeza… Adiós, ya está hecha.
—Pero entonces, ¿qué quiere usted? —Dijo el canónigo—. No querrá que se le dé una droga a la chiquilla, que la destruya…
Amaro se encogió de hombros, impaciente ante aquella idea insensata. El profesor, sin duda, estaba divagando…
—Pero entonces, ¿qué quiere usted? —repetía el canónigo con tono cavernoso, arrancando las palabras desde lo más hondo del tórax.
—¿Qué quiero? ¡Quiero que no haya escándalo! ¿Qué voy a querer?