El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—¿De cuántos meses está?

—¿De cuántos meses? Está de ahora, está de un mes…

—¡Entonces hay que casarla! —Exclamó el canónigo, como explotando—. ¡Entonces hay que casarla con el escribiente!

El padre Amaro dio un brinco.

—¡Diablos, tiene usted razón! ¡Es magistral!

El canónigo confirmó gravemente con la cabeza que era «magistral».

—¡Casarla ya! ¡Mientras haya tiempo! Pater est quem nuptiae demonstrant… Quien es el marido, es el padre.

Pero la puerta se abrió y aparecieron los anteojos azules, la toca negra de doña Josefa. No había podido aguantar arriba, en la cocina, presa de un ataque agudo de curiosidad; había bajado de puntillas y había pegado la oreja a la cerradura del despacho; pero el grueso repostero de terciopelo estaba cerrado por dentro, un ruido de leña que se descargaba en la calle ahogaba las voces. La buena señora entonces se decidió a entrar, «a darle los buenos días al señor párroco».


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