El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Pero fue inútil. Desde detrás de los cristales ahumados, sus ojitos agudos escudriñaron ansiosamente la carota espesa de su hermano y la cara pálida de Amaro. Los dos sacerdotes se mostraban impenetrables como dos ventanas cerradas. El párroco incluso habló mundanamente del reumatismo del señor chantre, de la noticia que corría sobre la boda del señor secretario general… Después de una pausa se levantó, dijo que ese día tenía para comer una apetitosa oreja… y doña Josefa, corroída, lo vio salir después de haberle dicho, ya desde detrás del repostero, al canónigo:
—Entonces hasta la noche en casa de la Sanjoaneira, ¿eh, profesor?
—Hasta la noche.
Y el canónigo, muy serio, continuó escribiendo. Doña Josefa entonces no se contuvo; y después de arrastrar unos instantes las chinelas alrededor de la mesa de su hermano:
—¿Hay novedad?
—¡Gran novedad, hermana! —le dijo el canónigo, sacudiendo la pluma—. ¡Ha muerto el rey Dom João VI!
—¡Malcriado! —rugió ella, girando sobre sus chancletas, cruelmente perseguida por la risita de su hermano.