El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Fue aquella noche, abajo, en la salita de la Sanjoaneira, mientras Amélia, arriba, con la muerte en el alma, martilleaba el Vals de los dos mundos, cuando los dos curas cuchichearon su plan, muy juntos en el canapé, con el cigarro entre los dientes, bajo el tenebroso lienzo en el que la siniestra mano del cenobita se posaba como una garra sobre la calavera. Ante todo había que encontrar a João Eduardo, que había desaparecido de Leiría; la Dionísia, mujer de olfato, batiría todos los rincones de la ciudad para descubrir el cubil donde la fiera se guarecía; después, inmediatamente, porque el tiempo urgía, Amélia le escribiría… Sólo cuatro palabras sencillas: que estaba enterada de que había sido víctima de una intriga; que nunca había dejado de profesarle amistad; que le debía una reparación; y que fuese a verla… Si el chico dudaba, lo que no era probable —aseguraba el canónigo—, se sacaba a relucir la esperanza del empleo en el Gobierno Civil, fácil de obtener a través de Godinho, completamente dominado por su mujer, que era una esclavita del padre Silvério…
—Pero Natário —dijo Amaro—, Natário que detesta al escribiente, ¿qué va a decir de esta revolución?
—¡Hombre! —exclamó el canónigo palmoteándose con fuerza el muslo—. ¡Me había olvidado! ¿No sabe lo que le ha pasado al pobre Natário?
Amaro no lo sabía.