El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Se ha roto una pierna! ¡Se cayó de la yegua!
—¿Cuándo?
—Esta mañana. Lo he sabido ahora, al anochecer. Yo siempre se lo he dicho: ¡mire que ese animal va a hacerle alguna! ¡Pues sí señor; se la ha hecho! ¡Y buena! Tiene para largo… ¡Y yo que me había olvidado! Ni siquiera las señoras allí arriba saben nada.
Arriba quedaron desoladas cuando se enteraron. Amélia cerró el piano. Todas recordaron a continuación remedios que había que mandarle, hubo un guirigay de ofrecimientos —vendas, hilos, un ungüento de las monjas de Alcobaça, media botellita de un licor de los monjes del desierto que hay junto a Córdoba—… También hacía falta asegurar la intervención del cielo; y cada una se apresuró a usar su valimiento con los santos de su confianza: doña Maria da Assunção, que últimamente conversaba con san Eleuterio, ofreció su influencia; doña Josefa Dias se encargaba de interceder ante Nuestra Señora de la Visitación; doña Joaquina Gansoso confiaba en san Joaquín…
—¿Y la señorita? —preguntó el canónigo a Amélia.
—¿Yo?…