El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y esta idea absurda, en el estado de febril exaltación en que se hallaba, se apoderó tan vigorosamente de su imaginación que soñó con ella toda la noche… Un sueño vívido que después contaría muchas veces a las señoras. Era una calle estrecha golpeada por un sol ardiente; bajo las altas puertas ornamentadas se amontonaba el populacho; en los balcones, hidalgos muy emperifollados se retorcían el bigote caballeresco; los ojos brillaban, entre los pliegues de los velos, encendidos por una ira santa. Y por la calzada, la procesión del auto de fe se movía despacio, con un gran ruido, entre el tremendo sonido de todos los campanarios vecinos tocando a difuntos. Delante, los flagelantes, semidesnudos, con el capuchón blanco sobre los rostros, se azotaban, aullando el Miserere, con las espaldas empastadas de sangre. Sobre un asno iba João Eduardo, idiotizado por el miedo, con las piernas colgando, la camisa blanca pintarrajeada con diablos del color del fuego, llevando en el pecho un rótulo en el que se podía leer: POR HEREJE; detrás, un pavoroso sirviente del Santo Oficio aguijoneaba brutalmente al asno; y al lado, un cura, alzando muy alto el crucifijo, le gritaba al oído recomendaciones de arrepentimiento. Y él, Amaro, caminaba al lado cantando el Requiem, con el breviario abierto en una mano, bendiciendo con la otra a las viejas, a las amigas de la Rua da Misericórdia que se inclinaban para besarle el alba. A veces se daba la vuelta para gozar de aquella lúgubre pompa y veía entonces la larga fila de la cofradía de los nobles; aquí aparecía un personaje panzudo y apopléjico, allí un rostro de místico con un bigote feroz y dos ojos llameantes; cada uno portaba un gran cirio encendido y en la otra mano sostenían un sombrero negro cuya pluma barría el suelo. Los cascos de los arcabuceros resplandecían; una cólera devota contorsionaba las caras hambrientas del populacho; y la comitiva serpenteaba por las calles tortuosas, entre el clamor del gregoriano, los gritos de los fanáticos, el doblar terrible de las campanas, el tintineo de las armas, con un terror que impregnaba toda la ciudad, aproximándose a la plataforma de ladrillo donde ya humeaban los haces de leña.