El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Y su desengaño fue grande, después de aquella gloria eclesiástica del sueño, cuando la criada lo despertó temprano, llevándole agua caliente para el afeitado.
Aquél era el día en el que se iba a saber dónde estaba el señor João Eduardo, ¡el día en el que se le iba a escribir!… Tenía que encontrarse con Amélia a las once; y fue lo primero que le dijo, con malos modos, cerrando de golpe la puerta de la habitación:
—Ha aparecido el individuo… Por lo menos ha aparecido su amigo íntimo, el tipógrafo, que sabe dónde para esa bestia.
Amélia, que tenía un día de desaliento y miedo, exclamó:
—¡Menos mal que se acaba este tormento!
Amaro soltó una risita empapada en hiel:
—Entonces te gusta, ¿eh?
—Si tú lo dices, con este miedo que traigo…