El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro hizo un gesto desesperado, de impaciencia. ¡Miedo! ¡No estaba mal la hipocresía! ¿Miedo de qué? Con una madre que babeaba por ella, que le consentía todo… Lo que pasaba era que quería casarse… ¡Quería al otro! No le gustaba aquella diversión de las mañanas, a toda prisa… Quería la cosa cómodamente, en casa. ¿Se imaginaba que lo engañaba, a él, un hombre de treinta años y cuatro de experiencia en el confesionario? Veía bien en su interior… Era como las otras, quería cambiar de hombre.
Ella no respondía, pálida. Y Amaro, furioso por su silencio:
—Callas, está claro… ¿Qué vas a decir? ¡Si es la pura verdad!… Después de mis sacrificios… Después de lo que he sufrido por ti… Aparece el otro ¡y te largas con el otro!
Ella se puso en pie, dando una patada en el suelo, irritada.
—¡Eres tú quien lo ha querido así, Amaro!
—¡Faltaría más! ¡Si crees que me iba a perder por tu culpa! ¡Claro que he querido!… —Y mirándola desde arriba, haciéndole sentir el desprecio de un alma muy honesta—: ¡Pero ni siquiera te da vergüenza mostrar la alegría, la ansiedad de ir con ese hombre!… Eres una desvergonzada, eso es lo que eres.