El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Ella, sin una palabra, blanca como la cal, cogió la manteleta para salir. Amaro, fuera de sí, la atenazó violentamente por el brazo.

—¿Adónde vas? Mírame. Eres una desvergonzada… Te lo estoy diciendo. Te mueres de ganas de dormir con el otro…

—¡Pues sí, me muero de ganas! ¡Se acabó!

Amaro, sin control, le dio una bofetada.

—¡No me mates! —gritó ella—. ¡Es tu hijo!

Él quedó ante ella, confuso y trémulo; al oír aquella palabra, aquella idea de su hijo, una piedad, un amor desesperado revolvió todo su ser, y abalanzándose sobre ella, con un abrazo que la ahogaba, como queriendo sepultarla en su pecho, absorberla entera en él, dándole besos furiosos que la lastimaban en la cara y en el pelo:

—Perdona —murmuraba—, ¡perdona, Améliazinha mía! ¡Perdóname, estoy loco!

Ella sollozaba con un llanto nervioso; y toda la mañana en la habitación del campanero hubo un delirio de amor al que aquel sentimiento de maternidad, uniéndolos como un sacramento, proporcionaba una ternura mayor, un renacimiento incesante del deseo que los lanzaba cada vez más ávidos al uno en los brazos del otro.

Olvidaron el tiempo; y Amélia sólo se decidió a saltar del lecho cuando oyeron en la cocina la muleta del tío Esguelhas.


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