El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Mientras ella se arreglaba deprisa delante del trozo de espejo que adornaba la pared, Amaro la contemplaba con melancolía, viéndola pasarse el peine por los cabellos. Por los cabellos que dentro de muy poco ya no volvería a ver peinar, suspiró, dijo enternecido:
—Nuestros buenos días están acabándose. Eres tú la que quieres… Algunas veces recordarás estas buenas mañanas…
—¡No digas eso! —dijo ella con los ojos arrasados en lágrimas. Y arrojándosele súbitamente al cuello, con la antigua pasión de los tiempos felices, le dijo en un susurro:
—Para ti seré siempre la misma… Incluso después de casada.
Amaro le cogió las manos ansiosamente.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
—¿Por la sagrada hostia?
—Lo juro por la sagrada hostia, ¡lo juro por Nuestra Señora!
—¿Siempre que tengas ocasión?
—¡Siempre!
—¡Oh, Améliazinha, oh, querida, no te cambiaba por una reina!