El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Ella bajó. El párroco, arreglando la cama, la oía hablar abajo tranquilamente con el tío Esguelhas; y se decía a sí mismo que era una gran muchacha, capaz de engañar al diablo y que iba a traer en un continuo susto al tonto del escribiente.
Aquel «pacto», como lo llamaba el padre Amaro, se volvió entre ellos tan irrevocable que ya discutían tranquilamente sus detalles. Consideraban el matrimonio con el escribiente como una de esas convenciones que la sociedad impone y que sofoca las almas independientes, pero a las que la naturaleza escapa por la menor rendija, como un gas inextinguible. Ante Nuestro Señor el verdadero marido de Amélia era el señor párroco; era el marido del alma, para quien serían guardados los mejores besos, la obediencia íntima, la voluntad; el otro tendría como mucho el «cadáver»… A veces incluso tramaban ya el hábil plan de sus correspondencias secretas, de sus lugares ocultos de rendez-vous…