El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Volvió al día siguiente, ya inquieto. Los batientes verdes estaban abiertos; y Amaro subió despacio, pisando con timidez la gran alfombra roja sujeta con varillas metálicas. Desde la alta claraboya descendía una luz suave; al final de la escalera, en el rellano, sentado en una banqueta de tafilete escarlata, un criado apoyado en la pared blanca y pulida, con la cabeza colgando y el labio caído, dormía. Hacía mucho calor; aquel solemne silencio aristocrático amedrentaba a Amaro; estuvo un momento dudando, con su quitasol pendiente del dedo meñique; tosió levemente para despertar al criado, que le parecía terrible con sus hermosas patillas negras, su magnifico collar de oro; ya iba a bajar cuando oyó tras un repostero una estentórea risa masculina. Sacudió con el pañuelo el polvo blanquecino de los zapatos, se estiró los puños y entró muy colorado en una amplia sala forrada de damasco amarillo; a través de los ventanales abiertos entraba una gran luz y se veían arboledas de jardín. En el centro de la sala tres hombres conversaban de pie. Amaro avanzó, balbució:

—No sé si molesto…

Un hombre alto, de bigote cano y anteojos de oro se volvió sorprendido, con el cigarro a un lado de la boca y las manos en los bolsillos. Era el señor conde.

—Soy Amaro…


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