El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Ah! —dijo el conde—. ¡El señor padre Amaro! ¡Lo conozco muy bien! Tenga la bondad… Mi mujer me ha puesto al tanto. Tenga la bondad… —Y dirigiéndose a un hombre bajo y rechoncho, casi calvo, con pantalones blancos muy cortos—: Es la persona de la que le he hablado. —Se volvió hacia Amaro—:
—Es el señor ministro.
Amaro se inclinó servilmente.
—El señor padre Amaro —dijo el conde de Ribamar— se crió de pequeño en casa de mi suegra. Nació allí, creo…
—Sí, señor conde —dijo Amaro, que se mantenía alejado, con el quitasol en la mano.
—Mi suegra, que era muy religiosa y una auténtica dama, ¡de eso ya no hay ahora!, lo hizo cura. Hubo hasta una herencia, creo… En fin, aquí lo tenemos, párroco… ¿Dónde, señor padre Amaro?
—Feirão, Excelencia.
—¿Feirão? —dijo el ministro, extrañando aquel nombre.
—En la sierra de A Gralheira —informó con prontitud el individuo que tenía a su lado.
Era un hombre delgado, embutido en un abrigo azul, de piel muy blanca, con soberbias patillas negras y un admirable y lustroso cabello engomado que le descendía hasta la nuca separado por una perfecta raya.