El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —En fin —resumió el conde—, ¡un horror! En la montaña, en una parroquia pobre, sin distracciones, con un clima terrible…
—Yo ya he hecho la solicitud, Excelencia —apuntó Amaro tímidamente.
—Bien, bien —afirmó el ministro—. Se arreglará.
Y mordisqueaba su cigarro.
—Es de justicia —dijo el conde—. Más aún, ¡es una necesidad! Los hombres jóvenes y activos tienen que estar en las parroquias difíciles, en las ciudades… ¡Está claro! Pero no, fíjese, allá en Alcobaça, al lado de mi quinta, está un viejo, un gotoso, un cura antiguo, ¡un imbécil! Así se pierde la fe.
—Es verdad —dijo el ministro—, pero esas colocaciones en las buenas parroquias deben ser, naturalmente, recompensas a los buenos servicios. Es necesario el estímulo…
—Perfectamente —replicó el conde—; pero servicios religiosos, servicios a la Iglesia, no servicios a los gobiernos.
El hombre de las soberbias patillas negras hizo un gesto de objeción.
—¿No cree? —le preguntó el conde.