El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Respeto mucho la opinión de Su Excelencia, pero si me lo permite… Sí, a mi modo de ver los párrocos en la ciudad nos son de gran utilidad en los trances electorales. ¡De gran utilidad!
—Pues sí. Pero…
—Fíjese, Excelencia —continuó, ávido de palabra—. Fíjese usted en Tomar ¿Por qué perdimos? Por la actitud del párroco. Nada más.
El conde intervino:
—Disculpe, pero no debe ser así; la religión, el clero no son agentes electorales.
—Perdón… —quería interrumpir el otro.
El conde lo detuvo con un gesto firme; y grave, pausadamente, con palabras rebosantes de la autoridad de un vasto entendimiento:
—La religión —dijo— puede, debe incluso ayudar a la estabilidad de los gobiernos, actuando, por decirlo así, como freno…
—Eso, eso —murmuró arrastradamente el ministro, escupiendo briznas de tabaco masticado.
—Pero descender a las intrigas —continuó el conde despacio—, a los embrollos… Perdóneme, mi querido amigo, pero eso no es cristiano.