El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Pues yo lo soy, señor conde —exclamó el hombre de las patillas soberbias—. ¡Cristiano a machamartillo! Pero también soy liberal. Y entiendo que el gobierno representativo… Sí, digo yo… con las garantías más sólidas…
—Mire —interrumpió el conde—, ¿sabe adónde conduce eso? Al desprestigio del clero y al desprestigio de la política.
—Pero ¿son o no son las mayorías un principio sagrado? —gritaba, enrojecido, el de las patillas, recalcando el adjetivo.
—Son un principio respetable.
—¡Vaya, vaya, Excelencia! ¡Vaya!
El padre Amaro escuchaba, inmóvil.
—Mi mujer debe de querer verlo —le dijo entonces el conde. Y yendo hacia un repostero que levantó:
—Entre. ¡Es el señor padre Amaro, Joana!