El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Era una sala forrada de papel blanco satinado, con muebles tapizados en cachemira clara. En los huecos de las ventanas, entre los amplios pliegues de las cortinas de claro paño adamascado, recogidas casi a ras del suelo por cintas de seda, el follaje fino de unas plantas delgadas, sin flor, surgía de unos jarrones blancos. Una penumbra fresca daba a todas aquellas blancuras un tono delicado de nube. Sobre el respaldo de una silla, un encumbrado papagayo, apoyado en una sola pata negra, rascaba parsimoniosamente, con movimientos ganchudos, su cabeza verde. Amaro, aturullado, se inclinó hacia una esquina del sofá donde vio los cabellos rubios y ondulados de la señora condesa, que le cubrían vaporosamente la frente, y los relucientes aros de oro de sus anteojos. Un muchacho gordo, de rostro rechoncho, sentado frente a ella en una silla baja, con los codos sobre las rodillas abiertas, se ocupaba en balancear, como si fuese un péndulo, un pincenez de tortuga. La condesa tenía en el regazo una perrita y con su mano seca y fina, llena de venas, le colocaba y le recolocaba el pelo, blanco como algodón.
—¿Cómo está, señor Amaro? —La perra gruñía—. Quieta, Jóia. ¿Sabe que ya he hablado de su asunto? Quieta, Jóia… El ministro está ahí.
—Sí, señora —dijo Amaro, de pie.
—Siéntese aquí, señor padre Amaro.