El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Amaro se sentó en el borde de un fauteuÃl, con su quitasol en la mano, y reparó entonces en una señora alta que estaba de pie junto al piano hablando con un joven rubio.
—¿Qué ha hecho estos dÃas, señor Amaro? —dijo la condesa—. DÃgame una cosa, ¿y su hermana?
—Está en Coimbra. Se caso.
—¡Ah! ¡Se casó! —dijo la condesa, haciendo girar sus anillos. Hubo un silencio. Amaro, con los ojos bajos, pasaba con gesto confuso y vacilante los dedos por los labios.
—¿El señor padre Liset está fuera? —preguntó.
—Está en Nantes. Tiene una hermana que está muriéndose —dijo la condesa—. Está igual que siempre: muy amable, muy dulce. ¡Es un alma tan virtuosa!…
—Yo prefiero al padre Félix —dijo el muchacho gordo, estirando las piernas.
—¡No diga eso, primo! ¡Jesús, dama al cielo! ¡El padre Liset, tan venerable!… Y además tiene otra manera de decir las cosas, con esa bondad… Se ve que es un corazón delicado.
—Pues sÃ, pero el padre Félix…