El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—No se preocupe, señor párroco, no se preocupe.

Y Amaro, torturado por aquella figura lúgubre que no se movía de la silla, soltaba la pluma furioso, y cogiendo el sombrero:

—Hoy no estoy yo para esto, salgo a estirar las piernas.

Y en la primera esquina se separaba bruscamente del coadjutor.

A veces, harto de soledad, iba a visitar a Silvério. Pero la indolente felicidad de aquel ser obeso, ocupado en coleccionar recetas de medicina casera y en observar las fantásticas perturbaciones de su digestión; sus constantes elogios del doctor Godinho, de sus hijos y de su mujer, los chistes rancios que repetía desde hacía cuarenta años y la inocente hilaridad que le causaban, impacientaban a Amaro. Salía, con los nervios de punta, pensando en la fatalidad enemiga que lo había hecho tan distinto de Silvério. Aquello, en definitiva, era la felicidad: ¿por qué no podía ser también él un buen cura chapado a la antigua, con alguna minúscula afición que lo tiranizase, parásito satisfecho de una familia respetable, con una de esas sangres tranquilas que circulan bajo montones de grasa sin peligro de desbordarse ni de causar desgracias, como un riachuelo que corre por debajo de una montaña?


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