El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Otras veces visitaba al colega Natário, cuya fractura, mal tratada al principio, lo retenía todavía en cama, con un aparato en la pierna. Pero allí lo asqueaba el aspecto de la habitación, impregnado de un olor a árnica y sudor; con una profusión de trapos empapados en cuencos de vidrio y escuadrones de frascos sobre la cómoda, entre hileras de santos. Natário, apenas lo veía aparecer, estallaba en quejas: ¡Los burros de los médicos! ¡Su mala suerte habitual! ¡Las torturas a que lo sometían! ¡El atraso en que se encontraba la medicina en este maldito país!… E iba salpicando el suelo negro de esputos y de colillas. Desde que estaba enfermo, la salud de los demás, sobre todo la de los amigos, lo indignaba como una ofensa personal.
—Y usted siempre tan fuerte, ¿eh?… ¡Quién pudiera! —murmuraba con rencor.
¡Y pensar que a aquella bestia del Brito nunca le había dolido la cabeza! ¡Y que el salvaje del abad se jactaba de no haber estado nunca en cama después de las siete de la mañana! ¡Animales!
Amaro entonces le daba las novedades; alguna carta que había recibido del canónigo desde A Vieira, la mejoría de doña Josefa…