El crimen del padre Amaro

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Pero Natário no se interesaba por las personas a las que estaba unido apenas por la convivencia y la amistad; le interesaban sólo sus enemigos, con quienes mantenía vínculos de odio. Quería saber del escribiente, si ya se había muerto de hambre…

—¡Por lo menos a ése le pude dar bien, antes de caer en esta maldita cama!

Entonces aparecían las sobrinas, dos criaturitas pecosas, de ojos muy caídos. Su gran disgusto era que el tiíto no llamase a la componedora para que le sanase la pierna; era quien había curado al señorito de A Barrosa y a Pimentel el de Ourém…

Natário, en presencia de las dos rosas de su jardín, se calmaba.

—Pobrecitas, no es por falta de sus cuidados por lo que aún no estoy de pie… ¡Pero, caramba, cómo he sufrido!

Y las dos rosas, con idéntico y simultáneo movimiento, se giraban hacia un lado llevándose el pañuelo a los ojos.

Amaro salía de allí más hastiado.


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