El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Para cansarse intentaba dar grandes paseos por la carretera de Lisboa. Pero apenas se alejaba del movimiento de la ciudad, su tristeza se hacía más intensa, simpatizando con aquel paisaje de colinas tristes y árboles canijos; y su vida se le figuraba como aquella misma carretera, monótona y larga, sin un incidente que la alegrase, estirándose desaladamente hasta perderse en las brumas del crepúsculo. Algunas veces, al regresar, entraba en el cementerio, paseaba entre las hileras de cipreses, percibiendo a aquella hora final de la tarde la emanación dulzona de las matas de alhelíes; leía los epitafios; se apoyaba en la reja dorada del sepulcro de la familia Gouveia, contemplando los emblemas en relieve, un sombrero armado y un espadín, y leyendo las negras letras de la gran oda que adorna la lápida:
Caminante, detente a contemplar
estos restos mortales;
y si sientes tu pena desbordar
detén tus ayes.
Que João Cabral da Silva Maldonado
Mendonça de Gouveia,
joven hidalgo, bachiller titulado,
hijo de la ilustre Cena,
ex-alcalde de este ayuntamiento,
comendador de Cristo,
fue de virtudes singular espejo.
Caminante, cree esto.