El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Estaba después el rico mausoleo de Morais, donde su esposa, que ahora, rica y cuarentona, vivía en concubinato con el guapo capitán Trigueiros, había hecho grabar una piadosa cuarteta:
Entre los ángeles espera, oh esposo,
a la mitad de tu corazón
que en el mundo quedó, tan solita,
¡entregada por completo al deber de la oración!…
Algunas veces, al fondo del cementerio, junto al muro, veía a un hombre arrodillado ante una cruz negra, a la sombra de un sauce, al lado de la fosa de los pobres. Era el tío Esguelhas, con su muleta en el suelo, rezando ante la sepultura de la Totó. Iba a hablar con él e incluso, con una nivelación que aquel lugar justificaba, paseaban familiarmente, hombro con hombro, conversando. Amaro, con bondad, consolaba al viejo: ¿de qué le servía la vida a la pobre chiquilla si tenía que pasársela tumbada en una cama?
—Siempre era vivir, señor párroco… Y yo, míreme ahora, ¡solito de día y de noche!
—Todos tenemos nuestras soledades, tío Esguelhas —decía melancólicamente Amaro.
El campanero entonces suspiraba, preguntaba por doña Josefa, por la señorita Amélia…
—Está en la finca.
—Pobrecita, no tiene poco trabajo…