El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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—Cruces de la vida, tío Esguelhas.

Y continuaban callados entre las calles de bojes, circundadas por canteros llenos de cruces ennegrecidas, y entre la blancura de las lápidas nuevas. A veces Amaro reconocía alguna sepultura que él mismo había hisopado y consagrado; ¿dónde estarían ahora aquellas almas que él había encomendado a Dios en latín, distraído, chapurreando con prisa las oraciones para ir a reunirse con Amélia? Eran sepulturas de gente de la ciudad; conocía de vista a sus familiares; los había visto entonces bañados en lágrimas, y ahora paseaban en grupo por la alameda o bromeaban en los mostradores de las tiendas…

Regresaba a casa más triste. Y comenzaba su larga, interminable noche. Intentaba leer, pero tras las diez primeras líneas bostezaba de tedio y fatiga. Algunas veces le escribía al canónigo. A las nueve tomaba el té; y después era un pasear sin fin por la habitación, fumando montones de cigarrillos, parándose en la ventana a mirar la negrura de la noche, leyendo aquí y allí alguna noticia o algún anuncio en el Popular, y reiniciando el paseo con bostezos tan profundos que la criada los oía en la cocina.

Para entretener estas noches melancólicas, y por un exceso de sensibilidad ociosa, había intentado hacer versos, poniendo su amor y la historia de los días felices en las fórmulas conocidas de la nostalgia lírica:


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