El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Un día, después de uno de esos paseos triunfales, volviendo a las dos de A Barrosa, al llegar al Poço das Bentas y al subir hacia el camino de carros, vio de repente al señor padre Amaro que bajaba montado en un potro. Inmediatamente João Eduardo hizo caracolear a su yegua. El camino era tan estrecho que, pese a pegarse a los setos, casi se rozaron las rodillas. Y entonces João Eduardo, desde lo alto de su yegua de cincuenta monedas, agitando amenazadoramente la fusta, pudo aplastar con una mirada al padre Amaro, que se encogió muy pálido, sin afeitar, la cara biliosa, espoleando con fuerza al potro perezoso. Aún se detuvo João Eduardo en lo alto del camino, se volvió sobre la silla y vio al párroco apearse a la puerta de la casa solitaria donde hacía poco, al pasar, los mayorazguitos se habían reído del enano.

—¿Quién vive ahí? —le preguntó João Eduardo al lacayo.

—Una tal Carlota… ¡Mala gente, señor Joãozinho!

Al pasar por A Ricoça, João Eduardo, como siempre, puso al paso a la yegua baya. Pero no vio tras los vidrios la habitual cara pálida bajo el pañuelo rojo. Las contras de la ventana estaban medio cerradas; y en el portón, desenganchado, con los varales en tierra, estaba el cabriolé del doctor Gouveia.


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