El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Dígame, abad, ¿para qué les mandan que aprendan a leer? Toda la ciencia universal, el res scibilis, está en el catecismo: sólo hay que metérselo en la memoria y el chico poseerá inmediatamente la ciencia y la conciencia de todo… Sabrá tanto como Dios… De hecho, es Dios mismo.
El abad saltó:
—Eso no es discutir —exclamó—, ¡eso no es discutir!… ¡Ésos son sarcasmos a lo Voltaire! Esas cosas deben tratarse de manera más elevada.
—¿Cómo que sarcasmos, abad? Mire un ejemplo: la formación de las lenguas. ¿Cómo se formaron? Fue Dios, que descontento con la Torre de Babel…
Pero la puerta de la sala se abrió y apareció la Dionísia. Hacía poco que el doctor le había echado un rapapolvo en el cuarto de Amélia; y ahora la matrona le hablaba siempre encogida por el miedo.
—Señor doctor —dijo ella en el silencio que se hizo—, la señorita ha despertado y dice que quiere al niño.
—¿Y entonces? El niño se lo llevaron, ¿no?
—Sí, se lo llevaron… —dijo la Dionísia.
—Bueno, pues se acabó.
Dionísia iba a cerrar la puerta, pero el doctor la llamó.