El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —Oiga, dÃgale que el niño vendrá mañana… Que mañana sin falta se lo traen. Mienta. Mienta como un perro; el señor abad le da permiso… Que duerma, que se sosiegue.
La DionÃsia se retiró. Pero no reiniciaron la controversia: ante aquella madre que despertaba después de la fatiga del parto y reclamaba a su hijo, el hijo que se le habÃan llevado lejos y para siempre, los dos ancianos olvidaron la Torre de Babel y la formación de las lenguas. El abad, sobre todo, parecÃa emocionado. Pero el médico, sin piedad, no tardó en recordarle que aquéllas eran las consecuencias de la posición de los curas en la sociedad…
El abad bajó los ojos, ocupado en su pulgarada, sin responder, como ignorando que hubiese un cura en aquella historia desgraciada.
Entonces el doctor, siguiendo con su idea, discurseó contra la formación y la educación eclesiástica.
—Ahà tiene usted una educación enteramente dominada por el absurdo: resistencia a los más justos requerimientos de la naturaleza y resistencia a los más elevados movimientos de la razón. Formar un cura es crear un monstruo que pasara su desgraciada existencia en una batalla desesperada contra los dos hechos irresistibles del universo: ¡la fuerza de la materia y la fuerza de la razón!