El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¿Qué dice usted? —exclamó asombrado el abad.
—Estoy diciendo la verdad. ¿En qué consiste la educación de un sacerdote? Primo: en prepararlo para el celibato y para la virginidad; esto es, para la supresión violenta de los sentimientos más naturales. Secundo: en evitar cualquier conocimiento y cualquier idea que sea capaz de poner en duda la fe católica; esto es, la supresión forzada del espíritu de indagación y de examen, por lo tanto de toda la ciencia verdadera y humana…
El abad se había puesto en pie, herido por una indignación piadosa:
—¿Así que le niega usted la ciencia a la Iglesia?
—Jesús, mi querido abad —continuó tranquilamente el médico—, Jesús, sus primeros discípulos, el ilustre san Pablo explicaron en parábolas, en epístolas, con un prodigioso flujo verbal, que las producciones del espíritu humano eran inútiles, pueriles y, sobre todo, perniciosas…
El abad paseaba por la sala, tropezando contra un mueble y contra otro como un buey picoteado, llevándose las manos a la cabeza, desolado por aquellas blasfemias; no se contuvo, gritó: