El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Pero qué filosofía, señor, pero qué ciencia! Por filosofía media docena de conceptos de un espíritu mitológico en los que el misticismo ocupa el lugar de los instintos sociales… ¡Y qué ciencia! Una ciencia de comentadores, de gramática… Pero vinieron otros tiempos, nacieron ciencias nuevas que los antiguos habían ignorado, a las que la enseñanza eclesiástica no ofrecía ni base ni método, se estableció entonces el antagonismo entre ellas y la doctrina católica… Al principio, la Iglesia incluso intentó eliminarlas ¡por la persecución, la mazmorra, el fuego! No tiene por qué darse la vuelta, abad… El fuego, sí, el fuego y la mazmorra. Pero ahora no lo puede hacer y se limita a vituperarlas en mal latín… Y mientras tanto continúa impartiendo en sus seminarios y en sus escuelas la enseñanza del pasado, la enseñanza anterior a esas ciencias, ignorándolas y despreciándolas, refugiándose en la escolástica… No tiene por qué llevarse las manos a la cabeza… Extraña al espíritu moderno, hostil en sus principios y en sus métodos al desarrollo espontáneo de los conocimientos humanos… ¡No es usted capaz de negar esto! Mire el Syllabus en su canon tercero excomulgando a la razón… En su canon decimotercero…
La puerta se abrió tímidamente; era otra vez la Dionísia:
—La pequeña está llorando, dice que quiere al niño.