El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro —¡Malo, malo! —dijo el doctor Y después de un momento—: ¿Qué tal está de aspecto? ¿Está colorada? ¿Está inquieta?
—No, señor, está bien. Sólo solloza, habla del pequeño… Dice que lo quiere hoy como sea…
—Hable con ella, distráigala… Mire a ver si se duerme.
La DionÃsia se retiró; y el abad, con cuidado:
—Oiga doctor, ¿cree que le puede hacer daño apenarse?
—Puede hacerle daño, abad, sà —dijo el doctor que rebuscaba en su farmacia portátil—. Pero voy a hacer que duerma… Pues es verdad, ¡la Iglesia hoy es una intrusa, abad!
El abad volvió a llevarse las manos a la cabeza.
—Sin ir más lejos, abad. ¡FÃjese en la Iglesia en Portugal! Es agradable observar su estado de decadencia…