El crimen del padre Amaro

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Se lo dibujó a grandes rasgos, de pie, con su frasco en la mano. La Iglesia había sido la nación; hoy era una minoría tolerada y protegida por el Estado. Había dominado en los tribunales, en los consejos del reino, en la hacienda, en la armada, hacía la guerra y la paz; hoy un diputado de la mayoría tenía más poder que todo el clero del reino. Había sido la ciencia en el país; hoy todo lo que sabía era algún latín macarrónico. Había sido rica, había poseído en el campo distritos enteros y calles enteras en las ciudades; hoy dependía para su triste pan diario del ministro de Justicia y pedía limosna a la puerta de las capillas. Se había abastecido de la nobleza, entre los mejores del reino; y hoy, para reunir algún personal, se veía apurada y tenía que ir a buscar a los expósitos de la beneficencia. Había sido la depositaría de la tradición nacional, del ideal colectivo de la patria; y hoy, sin comunicación con el pensamiento nacional, si es que lo había, era una extranjera, una ciudadana de Roma que recibía de allí su ley y su espíritu…

—¡Pues si está postrada de ese modo, es una razón más para amarla! —dijo el abad, levantándose muy colorado.

Pero la Dionísia había aparecido de nuevo en la puerta.

—¿Qué pasa ahora?


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