El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Aquel silencio de la casa, donde sólo el sonido de sus pisadas sobre el entarimado de la sala ponÃa una nota viva, empezó a asustar al anciano. Abrió la puerta despacito, escuchó; pero la habitación de Amélia estaba muy alejada, al fondo de la casa, junto a la terraza; no venÃa de allà ni ruido ni luz. Reinició su paseo solitario por la sala, con una tristeza indefinida que lo invadÃa poco a poco. También desearÃa ir a ver a la enferma; pero su carácter, su pudor sacerdotal no le permitÃan ni siquiera aproximarse a una mujer en cama, con los trabajos del parto, a no ser que el peligro reclamase los sacramentos. Pasó otra hora más larga, más fúnebre. Entonces, de puntillas, poniéndose colorado en la oscuridad por aquel atrevimiento, fue hasta el medio del pasillo. Ahora, aterrado, percibÃa en la habitación de Amélia un ruido confuso y sordo de pies que se movÃan vivamente sobre el suelo, como en una lucha. Pero ni un ¡ay!, ni un grito. Volvió a la sala y abriendo su breviario comenzó a rezar. Oyó las zapatillas de Gertrudes pasando rápidamente, como en una carrera. Oyó una puerta que batÃa a lo lejos. Después el arrastrarse por el suelo de una bacÃa de latón. Y finalmente apareció el doctor.
Su figura hizo palidecer al abad: venÃa sin corbata, con el cuello de la camisa roto; los botones del chaleco habÃan desaparecido; y los puños de la camisa, doblados hacia atrás, estaban manchados de sangre.