El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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El abad volvió a quedarse solo, esperando. Todo dormía en A Ricoça, doña Josefa, los caseros, la quinta, los campos de alrededor. En la sala, un reloj de pared enorme y siniestro que tenía en la esfera la cara del sol y arriba, sobre el marco, la figura tallada en madera de una lechuza pensativa, un mueble de castillo antiguo, dio la medianoche, después la una. El abad iba a cada momento hasta el medio del pasillo: era el mismo rumor de pies luchando; otras veces un silencio tenebroso. Volvía a su breviario. Meditaba sobre aquella pobre chiquilla que, allí en la habitación, estaba tal vez en el instante en que iba a decidir sobre su eternidad; no tenía a su lado ni a la madre ni a las amigas; por su memoria aterrorizada debía de pasarle la visión del pecado; ante los ojos turbios se le aparecería el rostro triste del Señor ofendido; los dolores contraían su cuerpo miserable; y en la oscuridad en la que iba penetrando, sentía ya el hálito ardiente de la proximidad de Satanás. ¡Temible fin del tiempo y de la carne! Entonces rezaba fervorosamente por ella.

Pero después pensaba en el otro, que era una mitad de su pecado y que ahora, en la ciudad, tumbado en su cama, roncaba tranquilamente. Y también rezaba por él.



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