El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro Tenía sobre el breviario un pequeño crucifijo. Y lo contemplaba con amor, se concentraba enternecido en la seguridad de su poder, contra el que muy poca era la ciencia del doctor y todas las vanidades de la razón. Filosofías, ideas, glorias profanas, generaciones e imperios pasan; son como los suspiros efímeros del esfuerzo humano; sólo ella permanece y permanecerá: la cruz, esperanza de los hombres, fe de los desesperados, amparo de los débiles, refugio de los vencidos, fuerza mayor de la humanidad: crux triumphas adversus demonio, crux oppugnatorum murus…
Entonces entró el doctor, muy encendido, vibrante por aquella batalla que allí dentro libraba contra la muerte; venía a buscar otro frasco; pero abrió la ventana, sin una palabra, para respirar un momento una bocanada de aire fresco.
—¿Cómo va? —preguntó el abad.
—Mal —dijo el doctor, saliendo.
El abad se arrodilló, balbució la oración de san Fulgencio:
—Señor, dale primero la paciencia, dale después la misericordia…
Y allí se quedó, con el rostro en las manos, apoyado en el borde de la mesa.