El crimen del padre Amaro
El crimen del padre Amaro El tétrico reloj, con su lechuza pensativa, dio las dos, después las tres…
Ahora el abad iba cediendo a un cansancio de viejo, cerrando los párpados a cada momento. Pero resistÃa; iba a respirar el aire pesado de la noche, miraba aquella tiniebla que envolvÃa toda la aldea; y volvÃa a sentarse, a musitar, con la cabeza baja y las manos sobre el breviario:
—Señor, vuelve tus ojos misericordiosos hacia ese lecho de agonÃa…
Fue entonces Gertrudes quien apareció conmovida. El señor doctor la habÃa mandado abajo a despertar al mozo para que enganchase la yegua al cabriolé.
—¡Ay, señor abad, pobre niñita! Iba tan bien y de repente esto… Es porque le han quitado el hijo… Yo no sé quién es el padre, ¡pero lo que sé es que en todo esto hay un pecado y un crimen!
El abad no respondió, rezando en voz baja por el padre Amaro.
El doctor entró con su estuche en la mano:
—Puede ir si quiere, abad —dijo.
Pero el abad no se daba prisa, miraba al doctor con una pregunta bailándole en los labios entreabiertos y reteniéndola por timidez; por fin, no se contuvo y en un tono temeroso:
—¿Ya se ha hecho todo, no hay remedio, doctor?
—No.