El crimen del padre Amaro

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—Es que nosotros, doctor, no debemos aproximarnos a una mujer en parto ilegítimo si no es en un caso extremo…

—Está en un caso extremo, señor abad —le dijo el doctor, que se ponía ya su gran chaquetón.

El abad recogió el breviario y la cruz. Pero antes de salir, creyendo que era su deber de sacerdote poner ante el médico racionalista la certeza de la eternidad mística que se desprende del momento de la muerte, todavía murmuró:

—Es en este instante cuando se siente el terror de Dios, lo vano del orgullo humano…

El doctor no respondió, ocupado en abrochar su estuche. El abad salió, pero, cuando estaba en medio del pasillo, dio otra vez la vuelta, y hablando con inquietud:

—Discúlpeme, doctor… Pero se han visto algunas veces moribundos que, después de recibir los socorros de la religión, se han recuperado de repente, por una gracia especial… La presencia del médico, en esos casos, puede ser útil…

—Todavía no me voy, todavía no me voy —dijo el doctor, sonriendo involuntariamente al ver reclamada la presencia de la medicina como auxiliar de la eficacia de la gracia.

Bajó, a ver si estaba listo el cabriolé.


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